En las últimas décadas se han alcanzado logros educativos en la población mundial que nunca antes se habían logrado y las oportunidades de desarrollo son enorme. El acceso a la educación se ha ampliado considerablemente, en particular, el ingreso en la escuela primaria. Sin embargo, en los países más pobres, las niñas representan un porcentaje mucho más alto de las personas que no irán nunca a la escuela y muchos más son los países en los que los niños corren un mayor riesgo de no avanzar y no terminar sus estudios. El progreso de los más marginados es demasiado lento, y un gran número de ellos nunca adquiere las competencias básicas de lectura y escritura (UNESCO, 2019). Cada vez se ofrece más formación en competencias y el desarrollo del conocimiento es enorme, pero la brecha en la formación de ricos y pobres sigue creciendo y se aprecia una mala distribución de los conocimientos.

En los países más desarrollados aumenta la calidad de vida (Legatum, 2019), pero la educación no logra detener los índices de violencia, depresión y suicidios (OMS, 2019). La insolidaridad entre las comunidades dificulta la convivencia. El cuidado del medioambiente sigue siendo una asignatura pendiente y los viejos problemas de la humanidad siguen presentes: hambre, pobreza, trata de personas, guerras, corrupción, odios, desigualdad, ataques a la dignidad de las personas, atentados contra los derechos humanos…

Ciertamente se dan pasos en el desarrollo y en la justicia social que no se pueden negar, pero a la vez, conviene reconocer que se pueden seguir dando pasos significativos si afinamos en la sensibilidad. En este estudio analizaré la realidad de la sensibilidad y la empatía en la educación para diseñar un marco pedagógico basado en la sensibilidad. Desde mi visión, el mundo en general y cada comunidad en particular, están pidiendo una “Educación Sensible” que desarrolle el carácter de cada cual en su interacción con los demás, atendiendo a la sensibilidad de cada uno y promoviendo el desempeño de las competencias requeridas para el desarrollo sostenible y la creatividad mundial.

Estado de la cuestión

En las últimas décadas, se viene prestando atención a la intensidad con que cada niño percibe los estímulos externos e internos, como factor diferenciador de su aprendizaje en el mundo y con los otros (Aron y Aron, 1997; Smolewska et al., 2006; Wolf et al., 2008). Se podría pensar que todos los niños tienen una sensación similar para adaptarse al entorno, sin embargo, múltiples investigaciones muestran diferencias significativas en el impacto que reciben del mundo, de su propio interior y de los demás (Belsky y Pluess, 2009, 2013; Ellis y Boyce, 2011; Obradovic y Boyce, 2009). Entre sujetos de la misma población, con capacidades y circunstancias semejantes, y en el mismo ambiente, se aprecia que, impactados por los mismos estímulos, los umbrales de sensación son diferentes (Wolf, van Doorn y Weissing, 2008). Y no por una diferencia cualitativa en los órganos de los sentidos, sino más bien por diferencias en el procesamiento de la información, de unas personas a otras (Aron, 2010).

Esta diferencia en el procesamiento de la información lleva a que unas personas sean más intuitivas a la vez que pueden ser más lentas para tomar decisiones al tener que reflexionar. Por otro lado, la intensidad de procesamiento de la información puede llevar a diferentes umbrales de saturación, haciendo que las personas con alta sensibilidad se sientan más fácilmente abrumadas por la sobreestimulación (Acevedo et al., 2017). Pero se insiste en que esta incomodidad sensorial es consecuencia del alto potencial del procesamiento sensorial y no por diferencia en los órganos de los sentidos o por problemas con el procesamiento sensorial.

A este alto procesamiento sensorial, Dabrowski (1967) lo llama sobreexitabilidad, y lo describe como una experiencia fisiológica aumentada de estímulos resultantes del aumento de las sensibilidades neuronales que hacen vivir las experiencias cotidianas con mayor intensidad. Dabrowski (1967) describió cinco formas de sobreexitabilidad: psicomotor, sensual, imaginativo, intelectual y emocional.

Como describe Dabrowski (1967) esta forma de procesar la información está asociada a la reactividad emocional, haciendo que una persona experimente la vida diaria con mayor intensidad y sienta profundamente los extremos de las alegrías y las penas de la vida.  Estudios más recientes muestran características adaptativas de las personas con alta sensibilidad, como emociones más positivas y desempeño especialmente bueno en entornos de apoyo; Sin embargo, estas personas tienden a tener problemas de salud mental, como síntomas de depresión o ansiedad en ambientes negativos. (Jagiellowicz et al., 2016; Pluess y Boniwell, 2015; Acevedo et al., 2017). Estos estudios muestran como las personas altamente sensibles (PAS) se benefician más de los buenos entornos educativos y de una infancia mejor atendida y se ven más perjudicados por una infancia emocionalmente pobre o negativa, y entornos educativos estresantes o aburridos.

Las diferencias en el procesamiento de la información también ocasionan variaciones en el grado de empatía. Cuanto más profunda sea el procesamiento de la información, más comprensión se tendrá del otro, y no solo se comprende cómo se siente otra persona, sino que, contando con la totalidad del cerebro, en cierto modo, uno puede sentirse de la manera que se siente el otro e incluso se pueden captar sus intenciones, lo que no quiere decir que sea infalible en sus interpretaciones. (Acevedo et al., 2017).

También es una consecuencia lógica del nivel de procesamiento de la información, que unas personas capten más o menos detalles sutiles. Ciertamente, existen más factores que condicionen este rasgo, pero el nivel del procesamiento que se hace de la información es uno de ellos. Y se insiste en que no es por contar con sentidos extraordinarios, pues hay personas con alta sensibilidad que tienen problemas ópticos o auditivos. 

Esta diferenciación en la captación de sutilezas lleva a que unos vivencien más detalles de la realidad, ya sea como disfrute o como desasosiego. Ser consciente de las sutilezas condiciona los aprendizajes y la respuesta ante las señales no verbales de los demás (que pueden no tener idea de que están emitiendo) sobre su estado de ánimo o confiabilidad. El agotamiento hace perder conciencia de lo sutil y cuanta más intensidad de procesamiento se tenga, más profundo son los estados de agotamiento a los que se puede llegar. Este aspecto es importante para valorar con rigor el grado de sensibilidad a lo sutil.

A estos rasgos combinados que se acaban de describir, Aron (1997) lo ha denominado “sensibilidad del procesamiento sensorial” (SPS), Pluss (2018) lo llama “sensibilidad ambiental” y Dabrowski (1964) “excitabilidad”. Desde la filosofía se puede equiparar a lo que Kant llama “intuición sensible”, como conocimiento referido a un objeto que afecta al sujeto que lo representa por la sensibilidad como sensación del fenómeno, que es el objeto dado en cuanto recibido por el sujeto (Torres, 2013).

Más allá del término que se le quiera aplicar para conceptualizar este fenómeno, todos los seres vivos deben ser sensibles a su entorno. Registrar y procesar estímulos externos, es una de las características individuales más básicas y observable en la mayoría de las especies (Pluss, 2018). Sin esta capacidad, un organismo no podría percibir, evaluar y responder a diversas condiciones ambientales, ya sean de naturaleza física o psicosocial, y si son negativas o positivas (es decir, si amenazan o promueven el desarrollo, la supervivencia y el éxito reproductivo del individuo). Pero no todos cuentan con la misma sensibilidad, en el caso de los seres humanos, según los estudios de Pluss (2018), alrededor del 25-35% cuentan con una sensibilidad por encima de la media. Media que la forma un grupo del 41-47%, y un grupo de 20-35% disponen de una sensibilidad inferior a la media.

Dabrowski (1967) lo explica desde su Teoría de la Desintegración Positiva, lo que llamó personas promedio, coincide con ese grupo del 41-47% de la media de Pluss (2018). En este nivel, las personas se integran en función de la educación, formando colectivos y creando una zanja de separación con colectivos que piensan diferente, dificultándose la posibilidad de apreciar aspectos positivos o puntos de encuentro. En este nivel de sensibilidad, cuesta empatizar con las personas de otros colectivos o que piensan diferente. Es interesante considerar que a las personas con alta sensibilidad les resulta más sencillo conectar con otras personas altamente sensibles, aunque piensen diferente, que con personas con baja sensibilidad que piensan igual. En las conversaciones y expresiones no se descubren los matices y sutilezas, y todo se valora grosso modo. El egocentrismo marca las decisiones que pueden ser de gran generosidad pues no se identifica egocentrismo con egoísmo, lo único es que el origen de esa decisión generosa ha estado en el yo, más que en la sensibilidad hacia lo otro y la empatía hacia el tú.

Dabrowski (1967) no se plantea aumentar la sensibilidad de estas personas, la cual no ha sido dada, sino que propone enseñar a gestionar la sensibilidad disponible para sacarle el máximo partido. Además, tiene elementos positivos como es su estabilidad y previsibilidad, y cuando se entrena a las personas promedio, se alcanzan importantes avances en la mutua comprensión, el diálogo, el acuerdo, en la libertad de expresión con sensibilidad de expresión.

Dentro de ese grupo de 20-35% con sensibilidad inferior a la media, Dabrowski (1967) identifica a las personas independientes de campo, capaces de tomar decisiones sin verse afectados por el entorno y los demás. Estas personas pueden llegar a ser grandes líderes, pero también grandes tiranos. Entre estas personas Dabrowski (1967) identifica a las personas que pueden dormir dentro de las grandes mafias mundiales o desarrollan comportamientos psicópatas o sociópatas, aprovechándose de los demás sin escrúpulos. Resulta muy determinante la educación que reciban estas personas con baja sensibilidad.

En cuanto al 25-35% de personas con una sensibilidad por encima de la media, Dabrowski (1967) descubrió que sus sistemas nerviosos los hacían propensos a la angustia, la depresión y la ansiedad, y de cómo resuelvan estas experiencias podrán desarrollar más o menos su potencial de desarrollo, lo que supone un factor de crecimiento.

Tanto para las personas con una sensibilidad media como para las que tienen una sensibilidad alta, la educación debe pasar por una “desintegración positiva” en mayor o menor medida, que abra a la persona y le haga salir del egocentrismo por sí misma, para integrarse de una forma maduro, es decir, sensible y empática con lo otro y los otros. De las personas con baja sensibilidad habrá que ver si pueden salir de su egocentrismo, pero al menos de forma racional y volitiva, convendrá educarles para que asuman y sepan respetar las reglas nosicéntricas del mundo, aunque su decisión no esté acompañada por lo que sienten.

Objetivos de investigación

Como objetivo fundamental se encuentra el desplegar la educación sensible como marco pedagógico para ayudar a crecer a cada persona desde su originalidad en un «nosotros-maduro».

En esta línea se plantean los siguientes objetivos fundamentales:

  • Describir el fundamento antropológico que sostiene la educación sensible
  • Plantear el marco pedagógico para educar desde la sensibilidad
  • Ofrecer estrategias, métodos y técnicas amigables con la educación sensible